Lamento mucho la anterior interrupción del abominable monstruo del español neutro. No va a pasar otra vez.
Bien, gasté mi primer entrada de presentación en una no presentación, y creo que ésta vale mil veces más. A medida que mi esencia vaya expandiendose por más mentes, éstas van a poder ver el por qué de tal declaración. Es que es realmente único que un papel muy importante en mi vida y en formar mi personalidad lo tenga un gato, que por cierto no era cualquier gato. Y antes de que empiece a ser considerada una loca animaloide, déjenme explicar el título de mi BLOGSPOT PÁGINA WEB.
Hace tiempo, cuando las cosas eran mejores y quinceañeras, viajé a Disney. El mejor viaje de mi vida, sí, todo eso, gracias, muchas gracias. Estaba emocionada por conocer el mágico mundo obeso con queso en aerosol y pizzas sintéticas, combos de ropa de marca, figuras de acción de verdad y, sobre todo, las ardillas. Hiperactivas, hermosas y tiernas ardillas, que siempre toman un papel cómico y adorable en cualquier serie o animación “yankie”. Los coordinadores nos dijeron que andaban por todas partes, por lo que siempre que me acordaba y no me ahogaba de idiota emoción adolescente viajera, las buscaba minuciosamente. Un día, entre los corredores diurnos de un outlet, con bolsas de exagerado tamaño que recitaban Gap o Nike, pasó. Una nena rosada acompañada de su madre comenzó a gritar “¡¡Squirrel, squirrel!!” apuntando hacia una palmera alta que cortaba el pasillo atravesando un tragaluz. Giré la cabeza, con una sonrisa enorme y brillante a causa de mis brackets de esa época, y la vi. Era chiquita, ágil y provocaba acariciarla y abrazarla hasta que se despedazara con estruendo, y luego hacer un collage en tamaño real con sus partes para conservar el recuerdo de una cosa tan tierna y fugaz. O al menos algo así habrá percibido ella, porque comenzó a revolverse en su lugar, y a dar varias vueltas por la palmera, a una velocidad sorprendente. Pero entonces, algo ocurrió. Una bala, un misil, una flecha, un mortero, una mofeta, un ataque aéreo, un ancla, un piano, un edificio, una nave espacial, una AK-47 (Y no una bala de ella, sino el arma siendo arrojada) Cualquier cosa hubiera sido mejor y menos patético que el que haya tirado un coquito de mierda contra mi cabeza. Genial, mi primera visita a una potencia mundial y una ardilla me ataca haciéndome quedar en ridículo frente a muchas personas. Y no todas desconocidas. Sólo pude reírme, incómoda, ante las risas mal disimuladas, y dedicarle una mirada sanguinaria y asesina al bichito idiota, que en segundos desapareció en alguna dirección.
Que quien lo lea lo interprete como quiera. Puede ser una metáfora de la decepción al sentir que una persona que creías increíble y única resulta ser una más del montón, con los defectos que menos soportás y que logra sacar lo peor de vos, o el simple hecho de que, las ardillas, desde ese día, no me gustan para nada. Quizás, y si las imagino sin mucho detalle, omitiendo su homicida figura, sigan siendo tiernas y abrazables, pero nunca más voy a arriesgarme a caer en su hipnosis. No, no de nuevo. Maldita ardilla.
Hace tiempo, cuando las cosas eran mejores y quinceañeras, viajé a Disney. El mejor viaje de mi vida, sí, todo eso, gracias, muchas gracias. Estaba emocionada por conocer el mágico mundo obeso con queso en aerosol y pizzas sintéticas, combos de ropa de marca, figuras de acción de verdad y, sobre todo, las ardillas. Hiperactivas, hermosas y tiernas ardillas, que siempre toman un papel cómico y adorable en cualquier serie o animación “yankie”. Los coordinadores nos dijeron que andaban por todas partes, por lo que siempre que me acordaba y no me ahogaba de idiota emoción adolescente viajera, las buscaba minuciosamente. Un día, entre los corredores diurnos de un outlet, con bolsas de exagerado tamaño que recitaban Gap o Nike, pasó. Una nena rosada acompañada de su madre comenzó a gritar “¡¡Squirrel, squirrel!!” apuntando hacia una palmera alta que cortaba el pasillo atravesando un tragaluz. Giré la cabeza, con una sonrisa enorme y brillante a causa de mis brackets de esa época, y la vi. Era chiquita, ágil y provocaba acariciarla y abrazarla hasta que se despedazara con estruendo, y luego hacer un collage en tamaño real con sus partes para conservar el recuerdo de una cosa tan tierna y fugaz. O al menos algo así habrá percibido ella, porque comenzó a revolverse en su lugar, y a dar varias vueltas por la palmera, a una velocidad sorprendente. Pero entonces, algo ocurrió. Una bala, un misil, una flecha, un mortero, una mofeta, un ataque aéreo, un ancla, un piano, un edificio, una nave espacial, una AK-47 (Y no una bala de ella, sino el arma siendo arrojada) Cualquier cosa hubiera sido mejor y menos patético que el que haya tirado un coquito de mierda contra mi cabeza. Genial, mi primera visita a una potencia mundial y una ardilla me ataca haciéndome quedar en ridículo frente a muchas personas. Y no todas desconocidas. Sólo pude reírme, incómoda, ante las risas mal disimuladas, y dedicarle una mirada sanguinaria y asesina al bichito idiota, que en segundos desapareció en alguna dirección.
Que quien lo lea lo interprete como quiera. Puede ser una metáfora de la decepción al sentir que una persona que creías increíble y única resulta ser una más del montón, con los defectos que menos soportás y que logra sacar lo peor de vos, o el simple hecho de que, las ardillas, desde ese día, no me gustan para nada. Quizás, y si las imagino sin mucho detalle, omitiendo su homicida figura, sigan siendo tiernas y abrazables, pero nunca más voy a arriesgarme a caer en su hipnosis. No, no de nuevo. Maldita ardilla.

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