El sueco gritón da zancadas finas y cortitas, nadie se imagina el tamaño que tiene en realidad. Cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde. Está arriba tuyo, a tu ritmo, cayendo a cada paso que das, dispuesto a aplastarte.
Pero nada de eso, el sueco gritón nunca nos aplasta.
Sólamente nos enseña a correr más rápido.
